Uno de los consejos más recurrentes que suelo escuchar para escritoras es que, para cumplir nuestro sueño, debemos ser perseverantes.
No tirar la toalla cuando la impostora se apalanque dentro de tu cabeza y tus inseguridades te coman la oreja para que el poco tiempo que dispones para escribir lo dediques a procrastinar o a hacer otras tareas que te resultan menos dolorosas.
Perseverar cuando una escena se te atraganta, cuando la vida se impone y te deja baldada para hacer otra cosa que no sea tirarte en el sofá, cuando estás harta de crear contenido para Instagram que nadie ve, cuando no das con buenos profesionales y la publicación de tu novela se convierte en una odisea de la que solo quieres escapar.
La perseverancia te ayuda a superar todo eso, pero ¿qué pasa cuando esa perseverancia se convierte en obcecación? ¿Cuando te encabezonas en terminar una novela con la que ya no conectas por los motivos que sean?
Que te desmotivas. Así de simple.
Y cuando pierdes la motivación, la has cagado. Porque si no estás motivada, no tienes ilusión, y si no tienes ilusión, pierdes las ganas y ya no priorizas eso que te gustaba tanto y que era una parte esencial de ti.
Y terminas abandonando.
Llevo bastante tiempo bloqueada con la novela que estoy escribiendo, una novela que me empeñé en acabar a cualquier precio sin tener en cuenta el desgaste a todos los niveles que me iba a provocar.
No porque sea especialmente dramática o tenga que rebuscar todo lo feo de mi interior para volcarlo en la historia ni mucho menos. De hecho, es una historia que toca temas que me importan y que cuando empezó a tomar forma en mi cabeza, me apetecía un montón hablar de ellos.
Pero no sé en qué momento me desconecté de ella. De los personajes, de la historia, de mi voz de escritora.
Llegó un momento en que el afán por ser perseverante con este proyecto y acabarlo me condujo a un camino de obcecación en el que llevo atrapada un montón de tiempo y que me ha metido en un bloqueo de escritura enorme del que me está costando muchísimo salir, a pesar de haber probado varias cosas que hoy comparto contigo y que tal vez a ti sí te puedan ayudar.
1. Grupos de escritura
Reconozco que no soy muy fan de los grupos de escritoras, porque todos empiezan con muy buenas intenciones y terminar convirtiéndose en gallineros con conversaciones imposibles de seguir, lo que termina frustrándome todavía más.
Que no digo que todos sean así, pero por ahora no es algo que tenga intención de repetir.
Me refiero a grupos donde todo el mundo tiene cabida sin importar tu experiencia como escritora, el género que escribas y los objetivos que tengas. Con todo mi respeto, creo que esos grupos aportan bastante poco porque no hay una sinergia de intereses que le sirvan a toda la comunidad y solo se genera ruido y distracción.
Aparte de que compartir valores en ese contexto es muy complicado.
Con todo esto no quiero decir que los grupos no valgan para nada, solo que busques los más adecuados para ti, donde te sientas comprendida y acompañada, donde puedas aportar y que te aporten.
Yo ahora mismo estoy en dos grupos de escritura, ambos muy pequeños. En uno estamos seis y en otro, dieciséis, para que hagas una idea. Uno es de ponernos retos semanales para escribir y el otro, más de sentirse acompañada y compartir alegrías y frustraciones.
Ponerse retos semanales, ya sea de palabras, tiempo, capítulos o escenas a mucha gente le funciona genial.
2. Reestructurar la historia
He planificado varios argumentos para la historia que quería contar.
Del primero ni siquiera llegué a terminar la escaleta porque la idea era muy sosa, te la cuento: chica lista ayuda al macarra de la clase a aprobar y se enamora, pero cree que él no siente lo mismo y que se ríe de ella. Años más tarde, vuelve a su pueblo para preparar su boda con otro y se reencuentra con su amor adolescente que resulta que siempre estuvo enamorado de ella.
¿Cuántos clichés has detectado?
El segundo argumento que pensé me gustó mucho más porque eran personajes maduros con problemáticas muy humanas y actuales. Pero solo sabía lo que ocurría al principio y al final, me faltaba todo el nudo.
Y sin la película completa, no puedo escribir.
Lo que hice fue una lluvia de ideas y seleccionar las que mejor cuadraban con los personajes. Después, cogí un cuaderno nuevo y pasé a limpio toda la planificación y un resumen completísimo de todos los capítulos.
Ahora tengo una escaleta monísima y muy completa, pero el manuscrito sigue por la mitad.
3. Escribir sin presión
Cuando hace un par de años se puso de moda tener un pseudónimo, me sumé.
Fue muy liberador escribir sin presión, sin expectativas, solo escribir por inercia partiendo de una idea central, con un estilo muy íntimo y personal, bastante alejado de lo que suelo escribir y tengo publicado.
Recuperé mi voz, la ilusión por escribir, fue una etapa estupenda porque me volví a sentir escritora.
Con la inercia que había tomado escribiendo esas historias, recuperé el proyecto de mi novela y durante algunas semanas trabajé en ella y conseguí avanzar.
La mala noticia es que no supe mantener ese impulso el tiempo suficiente para terminar el manuscrito.
4. Reconectar con la historia
Cuando la tristeza por no terminar este proyecto me supera, abro el archivo y vuelvo a leer lo que tengo escrito. Es curioso porque me gusta mucho. Son personajes muy potentes que me encantan, sobre todo, el mensaje subyacente de que nunca es tarde para cambiar tu vida si esta no te hace feliz.
Pero, aunque vuelvo a reconectar con la historia, no me motiva lo suficiente para buscar el tiempo y acabarla.
No consigo convivir con ella como sí he hecho otras veces, soñar con ella, pensar en ella, visualizar las escenas, los diálogos…
Cuando los personajes viven contigo y te acompañan día y noche, es infinitamente más fácil darles vida, pero cuando no los sientes como tuyos, por mucho que quieras, quedan impostados, sobreactuados. No son naturales ni coherentes, no son reales.
5. Cambiar de proyecto
Esta táctica me funcionó muy bien hace unos años, cuando Kate se me cruzó como un huracán de repente y nació Tras el largo invierno, que es una de mis favoritas.
Tengo varias ideas por ahí apuntadas, en un cuaderno al que llamo ideatorio de argumentos, pero no te creas que son muchas, solo hay dos o tres semillas que necesitan mucho riego.
La conclusión que saco de toda esta experiencia es que de nada sirve obsesionarse con una idea o con un argumento o con unos personajes si no es su momento, aunque tú creas que sí.
Tal vez porque esa idea necesita madurar algo más de tiempo, o que tú tengas crecer como escritora o incluso como persona para poder transmitir exactamente lo que quieres.
Dejar pasar esa historia que te tiene obcecada no significa que tengas que abandonarla para siempre, solo que no ha llegado su momento y tiene que esperar un poco más. Mientras, puedes seguir creando nuevas historias y nuevos personajes que sí han llegado en el momento justo.

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