El miedo a decepcionar como escritora

Rescato un tema muy interesante del que pocas veces se habla: el miedo a decepcionar.

Ser escritora lleva inherente el sentirse insegura. Es algo que siempre advierto a las escritoras que trabajan conmigo en las mentorías, perder la inseguridad es casi imposible, tanto que nos acompaña a lo largo de toda nuestra carrera literaria.

En este aspecto, la experiencia da igual, de hecho, creo que es incluso peor, que cuanto más tiempo llevas en esto, más miedo tienes a fracasar.

Porque ya tienes una comunidad y tus lectoras esperan que cada novela sea mejor que la anterior.

Y si eres novata y estás empezando con tu visibilidad, el miedo a que nadie te lea puede ser demoledor.

El asunto puede complicarse cuando, además, eres demasiado perfeccionista y crees que tu novela nunca cumplirá tus expectativas. Eso puede llevarte a entrar en una espiral de revisiones y correcciones sin fin y no dar nunca por acabado tu manuscrito.

Después de tantos años trabajando en la literatura, yo ya he comprendido que no se puede gustar a todo el mundo, es más, no debemos aspirar a eso, sino a encontrar nuestra islita de lectoras afines y con las que compartir valores.

No podemos vivir sin lectoras, eso está claro, e intentar no decepcionarlas es importante para, por lo menos, tener el pundonor de publicar una novela con calidad decente.

Pero tampoco podemos dejarnos influir por ese sentimiento hasta el punto de entrar en la espiral de la que te hablaba, buscando sin parar una perfección que no existe.

No decepcionarte a ti misma debería ser suficiente.

Esa es la regla interna por la que me rijo siempre en todo lo que hago. El sentirme satisfecha con mi trabajo —el que hago para mí y para los demás—, independientemente de la repercusión externa que pueda tener.

Y me refiero a las ventas.

Todas queremos vender nuestras novelas y recuperar la inversión que hemos hecho en ellas. Y es posible.

Subes tus archivos a Amazon, te esfuerzas en buscar palabras clave, en redactar una descripción atractiva e incluso le metes el Contenido A+ para darle un poco más de empaque al asunto.

Miras los informes de ventas dos veces al día esperando ver cómo los números se mueven. Pero no lo hacen. 

Y llega la decepción.

Porque te has esforzado un huevo, no has dejado de hablar de la novela en todas partes —o eso crees— y empiezas a pensar que esto no es para ti, o que tienes mala suerte, o que las lectoras te tienen manía.

Por qué funcionan unas novelas y otras no es un misterio. Nadie tiene la fórmula secreta, huye de las personas que te la ofrezcan sin pudor.

Solo podemos controlar lo que está en nuestra mano, como las expectativas, precisamente, para no decepcionarnos y nos dé el bajón.

Una forma de hacerlo es no compararnos con otras escritoras.

Si me sigues desde hace tiempo, te sonará porque es algo que no me canso de repetir.

No sabemos el recorrido que han hecho otras escritoras a las que seguimos o incluso admiramos; puede que lleven más tiempo que nosotras trabajando su marketing o que su catálogo sea más amplio.

En cualquier caso, no importa. 

Compárate contigo misma, con tu último lanzamiento. Qué has hecho diferente, qué has replicado, cómo has estado de presente y dónde. Y si acabas de empezar, analiza tus acciones para el futuro, para mejorarlas la próxima vez.

Si te interesa profundizar en este tema, te dejo este fantástico artículo de Pilar N. Colorado sobre la tolerancia a la frustración, tan unida a manejar expectativas.

Cuando somos demasiado rígidas con nosotras mismas, vivimos en un constante decepción.

Ya sea a las personas que nos apoyan a diario en nuestra carrera literaria o a nosotras mismas si no cumplimos con los objetivos que nos hemos propuesto.

Me encanta hablar de productividad, de ponerse objetivos, de estrategias para alcanzarlos…, alguna vez me han dicho que eso de planificar tanto mata la creatividad.

Para nada estoy de acuerdo. Creo que tener un plan da paz y te centra en lo que debes hacer. Te enfoca, algo que cuesta muchísimo mantener cuando la vida nos pone trabas por cada costado y a cada minuto.

Sin ir más lejos, este mes está siendo horroroso para mí. Tengo muchos frentes abiertos y todos me parecen igual de prioritarios; se me está haciendo muy cuesta arriba a pesar de tenerlo todo bastante organizado.

El caso es que he aprendido a no torturarme por ello, a ser flexible con los demás y, sobre todo, conmigo misma.

Que si hoy no puedo publicar en Instagram, ya lo haré mañana. 

Que si no he podido escribir más de 200 palabras, ya escribiré más mañana.

Que si no llego para enviar la newsletter de la semana, ya la mandaré la semana que viene.

Que si no publico la novela de Colin en abril, lo haré en mayo. O en junio. O cuando esté escrita.

Que si tengo que trabajar más horas por la tarde porque me urge una entrega, pero mis hijos me necesitan porque están de exámenes, ya me levantaré más temprano mañana.

No podemos ser rígidas hasta el punto de vivir en ansiedad. Aunque es fácil decirlo y más complicado aplicarlo.

Lo sé bien porque he vivido con ansiedad durante años y estuvo a punto de costarme una enfermedad seria y mi cabeza y mi cuerpo hicieron clic.

Ese clic tardó varios meses en asentarse en mis rutinas y en mi vida.

No hay un solo camino para llegar al mismo lugar, cada una tiene que encontrar el suyo, amoldándolo a su vida y circunstancias.

Como la famosa frase de Bruce Lee: «Sé como el agua: fuerte, imparable, pero flexible, consecuente con tu realidad».

Ser realista no es antónimo de soñar.

Sé flexible dentro de tu circunstancias. Puede parecer frío y alejado del corazón de nuestra profesión porque todas las escritoras somos soñadoras.

Y soñar y ser realista puede ser contradictorio.

No solo porque soñemos con mundos alternativos, personajes a nuestra medida o utopías románticas, sino porque soñamos con vivir de nuestra pasión.

Y eso implica un beneficio económico.

Sí. Queremos que nos lean y que reconozcan nuestro trabajo, pero también ganarnos la vida con ello.

Aunque esté feo hablar de dinero cuando se supone que la literatura es arte, cultura y alimento para el alma.

Pero coincidirás conmigo en que toda esa trascendencia no da de comer ni paga la luz, ¿verdad?

Hay un ejercicio que siempre se suele hacer a la hora de plasmar objetivos o metas, que es el vision board. Es un tablero de inspiración en el que de forma visual a través de imágenes o frases aterrizamos todo lo que nos gustaría tener. Es una forma de motivarnos a tomar acción, pero creo que es un arma de doble filo.

A mí me gustaría tener una casa grande, con cuatro dormitorios, muchos armarios, jardín y piscina. Pero sé que es inalcanzable con mi sueldo. A no ser que Volver a sentir dé un pelotazo y me haga millonaria…

Tener esa imagen en mi tablero de inspiración solo me provocaría dolor. Y no porque no crea en mí o en mis posibilidades, sino porque tengo diez años de datos que avalan este pensamiento. 

Porque, al final, todo sueño tiene parte de lógica y cálculo. 

Si quiero ganar x cantidad, necesito vender x libros al mes. Para eso, tendré que hacer a, b y c. 

Todo se reduce a una fórmula matemática y a una lista de acciones y tareas. Todo bastante terrenal.

Pero eso no impide soñar con firmar en la feria del libro, publicar con una buena editorial, ganar lo suficiente que me permita vivir en mi minipiso sin pasar necesidades de ningún tipo, tener la libertad de trabajar donde quiera, cuando quiera y como quiera…

Lo que quiero decir es que soñar para nosotras es respirar, pero no tenemos que hacerlo fuera de nuestras posibilidades porque eso solo lleva a la frustración y a la decepción. 

Sí podemos hacerlo en pequeñito, dentro de nuestro alcance. Porque es paso a paso, con constancia, perseverancia y trabajo, cómo se consiguen los sueños.

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