Las escritoras pioneras olvidadas de la novela romántica en España

Hasta que Megan Maxwell no puso en alza el valor de las autoras españolas allá por el 2012, tras su enorme éxito internacional con su saga Pídeme lo que quieras, la mayoría de títulos que llegaban a nuestras manos eran traducciones anglosajonas de autoras archiconocidas a nivel mundial.

Maxwell rompió con esa dinámica, demostrando que las escritoras españolas podían competir al más alto nivel en un género que, durante mucho tiempo, parecía monopolizado por las voces extranjeras.

¿Te has parado a pensar en lo que significó esto para las escritoras de novela romántica en nuestro país? Megan Maxwell abrió una puerta que hasta entonces estaba apenas entreabierta y lo hizo con tal fuerza que, de repente, muchas más comenzaron a cruzarla, incluyéndote a ti y a mí.

Sin embargo, antes de este fenómeno que todas conocemos, ya existía una rica tradición de mujeres escribiendo romántica en España. Quiero que viajemos juntas un poco más atrás en el tiempo, porque creo que es importante que conectemos con esas pioneras que sentaron las bases del género que tanto amamos leer y escribir.

Los años 20. El nacimiento de la «novela rosa»

Muy atrás quedaban aquellos años 20, momento en el que, según la mayoría de las fuentes que he consultado, comenzó a publicarse este tipo de género en España de la mano de la editorial Juventud, que, además, acuñó el término «novela rosa» con su colección La Novela Rosa.

Hasta entonces, y a pesar de que el género ya era bastante popular en otros países, en España se conocía como «novela blanca», más centrada en un tipo de narrativa moralizante y con finales felices.

La «novela blanca» estaba muy vinculada a una visión tradicional del amor y de la mujer, donde el objetivo principal era preservar la moralidad y reflejar una versión idealizada de la vida doméstica y sentimental.

Este tipo de relatos encajaba con las expectativas sociales de la época, donde el papel de la mujer seguía estando limitado al ámbito familiar, sin la autonomía que más tarde empezaría a ganar.

Fue entonces cuando algunas autoras experimentaron con un cambio de tono en la narrativa romántica, adaptando el género a las expectativas de un público que ya no solo buscaba historias de amor convencionales, sino también entretenimiento y evasión.

La creación de la «novela rosa» por parte de la editorial Juventud se consolidó como un punto de partida para lo que sería el gran auge del género en las décadas siguientes.

En esta primera etapa, hubo autoras como las hermanas Concha y Luisa María Linares-Becerra, Carmen de Icaza o María Mercedes Ortoll. Mujeres prolíficas que marcaron el ritmo de la producción literaria romántica de esos años y cuya obra llegó incluso al cine, algo nada común en una época donde el cine y la literatura apenas comenzaban a retroalimentarse.

Estas escritoras no solo tuvieron éxito en España, sino que también lograron una presencia internacional, especialmente en América Latina, donde sus obras fueron traducidas y publicadas con éxito.

Concha Linares-Becerra, por ejemplo, publicó novelas que estaban impregnadas de una sensibilidad moderna para la época. Retrataba personajes femeninos que mostraban inquietudes más allá del hogar, aunque siempre dentro de los límites aceptados socialmente. Sus relatos, al igual que los de su hermana Luisa María, apelaban a un público femenino que buscaba en estas historias una forma de soñar con una vida más allá de lo cotidiano, pero sin romper las normas.

Carmen de Icaza, por su parte, fue una de las autoras más destacadas del periodo con su novela Cristina Guzmán, profesora de idiomas, publicada en 1936, que sería llevada al cine en varias ocasiones. Su obra no solo contaba historias de amor, sino que incorporaba temas como la independencia femenina y el deseo de forjar un destino propio, algo que resonaba entre muchas mujeres de la época.

Icaza representaba un paso adelante en cuanto a la figura femenina dentro de la novela romántica, mostrando personajes que comenzaban a asumir el control de sus vidas, aunque siempre dentro de los márgenes de la moralidad social de la época.

En cuanto a María Mercedes Ortoll, aunque menos conocida hoy en día, fue una figura importante en esta era temprana de la novela romántica española. Sus obras también se centraron en la vida amorosa de mujeres jóvenes, pero con un enfoque muy visual, lo que facilitó que algunas de sus historias fueran adaptadas al cine, otra de las novedades importantes de esta etapa en el desarrollo de la novela romántica en España.

Estas autoras no solo escribían historias de amor, sino también retratos de la sociedad de su tiempo, con todas las limitaciones, aspiraciones y contradicciones que vivían las mujeres de entonces.

Imagina por un momento cómo debió ser escribir sobre el amor y la vida femenina en una sociedad tan encorsetada.

La sombra de la literatura anglosajona y el renacer del romance español

Con la llegada de la democracia y la apertura de España al mundo, comenzó un auge de literatura anglosajona que acabó copando el mercado romántico español, desplazando al ostracismo al producto nacional.

Así, durante más de dos décadas, las nuevas generaciones crecimos con nombres como Victoria Holt, Danielle Steel, Nora Roberts o Amanda Quick, autoras que, aunque talentosas, ocuparon tanto espacio en nuestras librerías que las voces españolas parecían haberse desvanecido.

A finales de los 90, comenzamos a ver algunos destellos. Autoras como Ángeles Caso o Florencia Bonelli se hicieron un hueco en las estanterías con historias de corte sentimental, pero que, en muchos casos, no podían considerarse como romántica propiamente dicha.

Aunque su narrativa tenía una clara carga emocional, sus libros abarcaban temas más amplios y la romántica española seguía buscando su espacio propio.

El verdadero punto de inflexión llegó en 2006, cuando la editorial Terciopelo convocó el Primer Concurso de Novela Romántica.

Este certamen lo ganó Raquel Barco con su obra Al llegar la noche, y supuso el pistoletazo de salida para que las editoriales comenzaran a fijarse en las autoras españolas.

A partir de ese momento, algunas autoras empezaron a consolidarse: Esther Sanz, Gabriela Margall, Nieves Hidalgo, Anna Casanovas o Claudia Velasco resonaron entre 2006 y 2008.

Luego, a esa primera ola, le siguieron otras escritoras que fueron imprescindibles en el género en esta primera década: Mar Carrión, Rebeca Rus, Olivia Ardey, Megan Maxwell, Amber Lake, Noelia Amarillo, Lena Valenti, Ángeles Ibirika o Isabel Keats.

Estas mujeres abrieron las puertas para todas las que llegamos después, y es importante reconocer que muchas de ellas lo hicieron enfrentándose a una industria editorial que no siempre apostaba por el producto nacional.

Gracias a su constancia, lograron que las lectoras comenzáramos a valorar y, sobre todo, a buscar novelas románticas escritas en nuestro idioma y desde nuestra propia cultura.

El bum de la novela romántica contemporánea

El éxito de escritoras como Elísabet Benavent, María Martínez o Alice Kellen es un claro reflejo del buen momento que está viviendo la romántica en español. No solo han conquistado las listas de ventas, sino que han conectado profundamente con una generación de lectoras que buscan algo más que una simple historia de amor.

En nuestra mano está mantener la estela de estas mujeres que nos marcaron el camino. Las autoras que hoy estamos liderando el mercado romántico en español lo hacemos porque enos atrevemos a contar historias que conectan con nuestro tiempo, con nuestras lectoras, y, sobre todo, con nosotras mismas.

Y ese es el verdadero reto: atrevernos a contar las historias que necesitamos contar. Porque si algo hemos aprendido de la historia de la novela romántica en España, es que, cuando una escritora encuentra su voz y tiene el valor de compartirla, siempre hay alguien dispuesto a escucharla. Así que sigue escribiendo, sigue creyendo en tus historias, porque el futuro de la novela romántica española también depende de ti. ¡Tu voz es parte de este legado!

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