Me asfixio, siento la garganta contraída mientras el sabor salado de las lágrimas se cuela por la comisura de mi boca y los ojos me arden. Necesito respirar o me ahogaré. Abro la ventana y saco la cabeza por ella pero no es suficiente así que me asomo hasta la cintura. Cierro los ojos y siento la brisa acariciarme la piel, el cabello roza mi rostro haciéndome cosquillas y una sonrisa se dibuja en mi boca. Mi cuerpo se balancea hacia delante y caigo… Caigo…

Me despierto con el grito aún retumbando en mis oídos, tengo el cuerpo empapado en sudor y las sábanas enredadas alrededor de mis piernas. Me tiemblan las manos mientras intento despegarme la camiseta larga que uso para dormir: está completamente húmeda y siento asco al tocar mi piel pegajosa. Tengo la boca seca y me levanto para coger la botella de agua que descansa en el suelo junto a mi cama. Echo un vistazo hacia las rendijas de la persiana. Todavía es de noche pero yo ya no puedo volver a dormir.
He sentido perfectamente el golpe al caer. El miedo me recorre las venas hasta el punto que siento como éstas arden, como si fuego líquido las recorriera en lugar de sangre.
Aquella ocasión no pude hacerlo pero hoy es el día. No puedo más. Nadie me echará de menos, no tengo amigos, ni nadie que comparta mi vida y para mi familia sólo soy un jarrón roto.
Deberían avisarnos antes de nacer, advertirnos que la vida es un fraude, un largo, larguísimo camino que hay que recorrer solo y yo estoy cansada de andar, de sentirme inútil, un estorbo, de no sentirme amada. La soledad me pesa como un plomo, me comprime, me desespera, me entristece… Y duele, duele como si tuviera el cuerpo abierto en canal y me desangrara poco a poco.
Toda mi vida he estado buscando mi sitio y no he sido capaz de encontrarlo, no hay un lugar para mí en este mundo y no quiero seguir sufriendo, no quiero seguir sintiendo este vacío que crece y crece sin remedio.
Entro en el baño y me miro al espejo. Parezco un espectro. Tengo la tez pálida y los ojos enrojecidos y hundidos, pero no me extraña. Llevo días sin dormir pensando en si he tomado la decisión correcta. Miro a través del reflejo la toalla en el suelo y el cuchillo depositado sobre ella; lo preparé antes de irme a dormir y trago saliva. La noto espesa y caliente. ¿Para qué seguir retrasándolo? Me siento sobre la mullida toalla, abro la tapa del wáter y apoyo el brazo izquierdo en él. Cojo el cuchillo y apoyo el metal frío en la base de la muñeca. Presiono un poco y un escalofrío me sube por la columna produciéndome espasmos en las manos.
Tengo miedo, no a la muerte, sino al dolor.
Presiono un poco más y siento la punta afilada atravesando mi carne. Fijo la vista en la gota de sangre que empieza a engordar formando una burbuja redonda, perfecta, de color rojo oscuro, casi negro, y la observo resbalar por mi piel hasta caer sobre el agua con un plof inaudible.
Cierro los ojos, no quiero llorar pero no puedo evitarlo y las lágrimas escapan de mis ojos como ríos desbordados. Noto el corazón golpeando con fuerza contra mis costillas y pinchazos en el estómago. No puedo respirar, el llanto me lo impide e intento aspirar bocanadas en el escaso espacio del cuarto de baño. Me tumbo sobre las losas frías de la habitación, encogida sobre mí misma, llorando como no le he hecho en toda mi vida. No encuentro consuelo en ningún pensamiento ni en ningún recuerdo y pierdo la noción del tiempo.
No sé cuantas horas han pasado, pero a pesar del calor estoy helada y entumecida. Intento incorporarme y las piernas me fallan, me arrastro hacia el dormitorio y veo los rayos de sol atravesar las rendijas de la persiana.
Ha amanecido. He sobrevivido a otra noche eterna.
Me quedo sentada sobre la tarima con la espalda apoyada en la pared y la vista perdida en uno de los puntos de sol que inciden en los muebles. Suspiro. Parece que he tomado una decisión sin ser consciente de ella. No sé qué ha pasado pero me siento un poco más ligera, tranquila, en paz. Las lágrimas vuelven a dificultarme la visión, no sé si son de alivio o de pena, pero no intento retenerlas.
Voy a vivir. No llego a entender si es porque soy demasiado cobarde o porque soy más valiente de lo que creía, pero voy a hacerlo, al menos intentarlo. La vida es una puta mierda, lo sé, pero sólo tengo una y sólo depende de mi vivir desesperada por la soledad o hacer algo para remediarlo.
Me levanto y abro la persiana dejando que la luz entre a raudales hasta el último rincón del dormitorio. Después abro la ventana y enseguida el aire limpio se lleva todo el ambiente cargado que flota a mi alrededor. Me seco las mejillas con el dorso de la mano y respiro profundamente. Estoy muy cansada. Me dejo caer en la cama y me abrazo a la almohada mientras mis párpados caen pesados llevándome a la oscuridad.
Sí, voy a vivir… Pase lo que pase, voy a vivir.
 
 
 
 
 
 
 
            La puerta de la sala de juntas estaba entreabierta; el sonido de los lápices escribiendo a toda velocidad sobre el papel y la melodiosa voz de su jefa llegaba hasta sus oídos de forma nítida.

            Conteniendo la respiración, Eve asomó la cabeza en la habitación dando gracias porque esa temible mujer estuviera de espaldas y no posara su mirada enfadada sobre ella reprendiéndola por llegar tarde, otra vez.

            —Pasemos al asunto de los Goldstein —decía en ese momento—. No les ha gustado la campaña que hemos diseñado para ellos. Quieren algo más juvenil, que atraiga a otro tipo de clientes. Alan tendrás que rediseñar todo desde el principio —le comunicó Mónica sin apartar la vista de su block de notas.

            El director de arte apretó el lápiz entre los puños maldiciendo para sí. Le había llevado dos meses completos realizar esa campaña y ahora tendría que empezar todo de nuevo.

            —Bien chicos creo que eso es todo. Volved al trabajo. ¡Eve ven a mi despacho! —le ordenó sin dedicarle una mirada.

            Mónica salió con paso regio balanceando las caderas sobre unos tacones de vértigo seguida por Eve, que tragó saliva pensando en la reprimenda que le esperaba.

            —Cierra, por favor —le pidió Mónica cuando entraron en el despacho.

            Diligente, se sentó frente a su mesa y cruzó las piernas mientras mordisqueaba un lápiz y miraba a su jefa con expectación.

            —El puesto de jefe de equipo está vacante, ¿lo quieres? —le preguntó sin mirarla, concentrada en buscar unos documentos entre la pila que había amontonada sobre el escritorio.

            Eve la miró de hito en hito y mantuvo el lápiz en el aire sin saber si lo había dicho en serio.

            Su jefa levantó la mirada hacia ella esperando su respuesta y sonrió al ver la expresión de sorpresa reflejada en su pequeño rostro ovalado.

            —En cuatro años has pasado de becaria a ser mi ayudante personal. Si sigues así, estarás ocupando mi sillón en otros cuatro. Tienes mucho talento Eve, no lo desaproveches.

            —¿En serio quieres que sea jefa de equipo? —preguntó sin salir de su asombro.

            Era la primera vez desde que había empezado a trabajar en esa prestigiosa agencia de publicidad que su jefa la elogiaba de esa manera. Mónica Vincent pensaba que tenía talento.

            Se lo habría tomado a broma, si no hubiese escuchado esas palabras de su boca. Había trabajado cómo una esclava durante cuatro años para la implacable directora del departamento creativo, sólo para demostrarle que podía hacer aquel trabajo.

            Como jefa era exigente y perfeccionista hasta niveles inhumanos y la había llevado al agotamiento extremo en más ocasiones de las que quería recordar, siempre agobiándola con los plazos de entrega y su falta de ideas originales.

            Y ahora, con tan sólo veinticinco años, le ofrecía un puesto para el que pensaba que tendría que esperar al menos otros cinco años más.

            —Si no lo quieres se lo daré a otro —anunció volviendo a prestar atención a los papeles.            —¡No! —gritó sobresaltando a Mónica—. Quiero decir que sí, que lo quiero, ¡claro que lo quiero!

            Eve se levantó echándose a reír ante su propio nerviosismo, mientras su superior sonrió y la observó entrelazando las manos encima de la mesa, dejando al descubierto su perfecta manicura de cincuenta dólares.

            —Empezarás el lunes con una reunión a la que asistirán el planificador estratégico y el director de producción. Ven preparada, querrán saber todos los detalles de la campaña de Puma infantil.

            —¿El señor Jameson quiere que yo le explique el desarrollo de la campaña? Pero pensaba que…. —se interrumpió mordiéndose la lengua antes de meter la pata.

            Hacía una semana le había expuesto sus ideas a su jefa y no le había pasado desapercibido el brillo codicioso de sus ojos.

            Mónica suspiró y estiró sus largas piernas por debajo de la mesa.

            —¿Pensabas que me había apropiado de tu idea? —adivinó con cansancio.

            —Yo…

            —¿Por qué crees que te he ofrecido el puesto a ti antes que a los demás? Ya te lo he dicho. Hace años que no veo a nadie con tanto talento. No soy la zorra egoísta que todos pensáis.

            —No creo que seas una zorra egoísta —dijo Eve rápidamente.

            —Pues deberías —dijo con firmeza, mirándola como un depredador a su presa. Finalmente esbozó una sonrisa.

            Eve se echó a reír y se giró para coger el tirador de la puerta.

            —No te defraudaré Mónica, te lo prometo —dijo con sinceridad volviéndose hacia su jefa antes de salir.

            —Ya lo sé encanto. Eres la única que merece la pena de ese atajo de lameculos.
 
            Eve intentó parecer escandalizada pero la sonrisa radiante que mostraban sus labios era imposible de disimular. Cerró tras ella con los ojos cerrados y una expresión soñadora.

            —¿Estás bien? —le preguntó Alan al pasar junto a ella cargado de carpetas hasta la barbilla.

            —Mejor que nunca. —Espetó mirando a su compañero sonriente y echó a andar hacia su mesa.

            —¿Te apetece tomar luego una copa? —preguntó con un deje de ansiedad, sabiendo que perdía el tiempo.

            —Claro, ¿por qué no?

            Alan la miró boquiabierto y enseguida un intenso color rojizo le subió por el cuello hasta las mejillas.

            —¡Genial! Ehh… podemos ir al Devil’s —sugirió con nerviosismo.

            —Vale… —contestó distraída sentándose en su mesa.

            Introdujo un pendrive en la ranura del ordenador y comenzó a transferir todos los archivos de la campaña de Puma que había guardado celosamente. Iba a ser un fin de semana agotador, pero pensaba preparar la mejor presentación que sus jefes hubiesen visto nunca.

            Alan revoloteó alrededor de ella un par de minutos más hasta que se dio por vencido de mantener una conversación. Sonrió ensimismado mientras se dirigía hacia su propia mesa de trabajo. ¡Iba a salir con la Frígida Sheffield! ¡Nadie iba a creérselo!

            Cuando llegó la hora de marcharse, Alan la dirigió hacia su coche posando una mano sobre la base de la espalda con cuidado de no incomodarla, estirándose cuan largo era, orgulloso como un pavo real al ver la mirada atónita de algunos de sus compañeros de trabajo.    Varios de ellos habían intentado salir con Eve en algún momento u otro, pero tras darse cuenta de que a ella sólo le interesaba su trabajo se habían dado por vencidos. Que a esas alturas estuviera con Alan, era toda una bomba para el club de cotillas de la empresa.

            El Devil’s era una discoteca del Soho que había abierto sus puertas no hacía mucho tiempo, pero rápidamente se había convertido en un lugar de moda en la ciudad, lo que explicaba la cantidad de gente que se agolpaba en el interior.

            Eve se quitó el abrigo mientras movía las caderas a ritmo de la música borrando de un plumazo todos los remordimientos que tenía, por haber aceptado aquella invitación teniendo tanto trabajo pero hacía una eternidad que no salía a divertirse. Al fin y al cabo, su ascenso merecía una celebración.

            —Vamos a la barra —le gritó Alan al oído para hacerse oír por encima de la música. —Está llenísimo, ¿no? —señaló con una mueca.

            Eve asintió observando a la gente a su alrededor, deseando salir a la pista de baile. Se volvió hacia Alan con la intención de invitarlo a bailar, pero él estaba intentando pedir sus copas al camarero infructuosamente.

Con una mueca dejó el abrigo sobre una barandilla redonda de acero que separaba la barra de la zona de baile y apoyó la espalda en ella sin dejar de mover los pies.

            —¿Bailas?

            Eve miró al hombre que se había dirigido a ella con un suave acento con los ojos abiertos como platos.

            Los ojos del desconocido, de un extraño tono castaño verdoso, la miraban con apreciación; el pelo oscuro le caía sobre la frente con descuido y su boca dibujaba una sonrisa seductora mientras esperaba su respuesta.

            —Claro —contestó ella sin aliento.

            Él agrandó su sonrisa y la agarró de la mano tirando de ella hacia la pista de baile haciendo que revolotearan mariposas en su estómago.

            Ryan la sujetó por la cintura y la atrajo hacia él con lentitud. Había deseado tocarla desde que la vio entrar en el atestado bar lleno de gente y ruido, el impulso había sido demasiado fuerte para ignorarlo. Sus hermosas piernas torneadas estaban cubiertas por unos leggins y un jersey largo de punto negro y manga corta que se ajustaba a sus curvas de manera escandalosamente atractiva. No llamaba especialmente la atención, pero había sido incapaz de mantenerse al margen.

            Ella le miraba con sus enormes ojos castaños y sonriendo mostró dos hoyuelos en ambas mejillas.

            En ese momento, su compañero de baile, tensó la mano sobre su cadera intentando controlar las ganas de besarla.

            —Nunca te había visto por aquí —le dijo sin apartar la mirada de su delicioso labio inferior.

            —Es la primera vez que vengo.

            —¿Has venido acompañada? —le preguntó sabiendo la respuesta. Había visto al tipo que iba junto a ella sujetarle la puerta al entrar pero lo había descartado de inmediato, ya que tenía aspecto de ser un amigo o un compañero de trabajo.

            —Con un compañero, ¿cómo te llamas?

            —Ryan.

            —Yo soy Eve.

            —Eve… ¿quieres que vayamos a un sitio más tranquilo? —le preguntó con suavidad sin dejar de mirarla.

            Con nerviosismo Eve trastabilló con los pies y se mordió el labio inferior, pensativa. Deseaba decirle que sí, pero su conciencia empezó a llamarla a voces y se apartó de él con una sonrisa de disculpa.

            —Lo siento, creo que te has llevado una falsa impresión. Yo sólo quiero bailar.

            —Es lo que estamos haciendo —replicó él esbozando una sonrisa traviesa y acercándola de nuevo a su cuerpo.

            —Ya sabes lo que quiero decir. No voy a “sitios” con desconocidos. —Eve se echó a reír y le puso una mano en el hombro para mirarlo con la cabeza ladeada.

            Ryan la soltó de repente y estiró el brazo para ofrecerle una mano con formalidad.

            —Ryan McKinley, veintisiete años. Soltero, fotógrafo profesional, el menor de cinco hermanos e hijo de una familia de ganaderos del condado de Clare, Irlanda.

            —Evelyn Shef…—echándose a reír, le estrechó la mano con delicadeza.

            —¡Eve! ¿Qué estás haciendo? ¡Te he estado buscando!

            Alan la miró enfadado antes de volverse hacia el tipo que estaba junto a ella. Con una mueca de disgusto paseó la vista por el piercing de su ceja, su camisa negra remangada y los viejos vaqueros desgastados.

            —Estabas ocupado y yo…

            —¡Vamos!

            Alan la agarró del brazo y empezó a tirar de ella. Estaba tan sorprendida que al principio no reaccionó, después se detuvo en seco y apartó el brazo de un tirón con el ceño fruncido.

            —¿Quién te crees que eres? —le espetó sin salir de su asombro.

            —Has venido conmigo, ¿por qué estabas con ese? —contestó chasqueando la lengua fastidiado.

            Estaba estupefacta y empezó a sacudir la cabeza alejándose de él.

            —Puedo estar con quien quiera —contestó dándole la espalda.

           Alan volvió a agarrarla pero enseguida tuvo que apartarse al sentir un puño que se estrellaba contra su ojo. Con un grito se tambaleó hacia atrás y se llevó una mano al ojo herido mientras miraba sumamente furioso a su atacante con el ojo sano.

            —¡Te denunciaré, hijo de puta!

            Ryan le ignoró y se volvió hacia Eve con una expresión preocupada en sus ojos.

            —¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño? —le preguntó con suavidad.

            —¡En la oficina deberían llamarte zorra en lugar de frígida, si tanto te gusta relacionarte con tipos así! —se burló Alan furioso.

            Ryan se volvió hacia él tan rápidamente que Alan sólo pudo dar un alarido asustado antes de salir corriendo del local.

            Eve se llevó una mano a la sien y fue hasta el lugar donde había dejado su abrigo sin creer lo que estaba pasando.

            Comenzó a ponérselo enfadada, notando como su mal humor aumentaba a cada segundo pero sintió unas manos delicadas ayudándola y miró furiosa a Ryan antes de apartarse asqueada.

            —No me toques —siseó antes de echar a andar hacia la salida.

            Ryan metió las manos en los bolsillos del pantalón avergonzado. Su hermano mayor tenía razón al decir que era demasiado impulsivo y temerario.

            Agarró su chaqueta de piel negra de estilo motero y corrió tras ella, alcanzándola mientras intentaba parar un taxi sin éxito.

            —Deja que al menos te lleve a casa —le pidió deteniéndose junto a ella.

            Mirándole de reojo, estuvo realmente tentada a decirle que sí. Tenía la nariz larga y estrecha, el mentón definido y la barbilla muy masculina, y aunque el labio superior quizá era demasiado fino, su sonrisa era sensual y arrebatadora. Los bíceps se notaban a través de la tela de la camisa y la cintura, estrecha, daba comienzo a unas piernas fuertes y musculosas. No le sobraba un gramo de grasa. Era tan atractivo que tenía que controlarse para no babear como una idiota adolescente.

            —Ya has hecho bastante. Por una maldita vez que salgo a divertirme en cuatro años, ¡cuatro años! y me tengo que topar con un imbécil y un… un…

            Eve se volvió hacia él gesticulando mientras lo miraba de arriba abajo sin encontrar el adjetivo apropiado.

            —Déjame compensarte, por favor. Lo siento si te he ofendido pero ese tipo era un gilipollas y no permito que nadie insulte a una mujer delante de mí. —sonrió divertido y le colocó un mechón detrás de la oreja con ternura

            Eve volvió a morderse el labio inferior y lo miró a los ojos, incapaz de apartar la vista. Tenía los ojos más increíbles que había visto en su vida y sin saber por qué, se sentía irresistiblemente atraída por ellos.

            Tomando su silencio por respuesta, la cogió de la mano y fue con ella hacia donde tenía aparcada su moto.

            Eve, se detuvo paralizada al ver la extraordinaria Yamaha VMAX de color negro que estaba aparcada frente a ella. Le soltó la mano y empezó a dar vueltas alrededor de ella impresionada. Pasó una mano sobre el manillar y el asiento de piel para posteriormente sentarse a horcajadas sin pedir permiso.

            —Es una preciosidad. ¿200 caballos?

            —Tiene un motor de cuatro válvulas, horquillas telescópicas de cincuenta y dos milímetros y doble disco lobulado con pinzas de anclaje radial de seis pistones. — Ryan asintió gratamente sorprendido.

            —Deportiva, elegante y de alta tecnología. ¡Vamos McKinley! Estoy deseando que me des una vuelta en esta maravilla —exclamó entusiasmada. Seguía embobada admirando el precioso chasis de doble viga que abrazaba de forma robusta el impresionante motor.

            Ryan se echó a reír y desató el casco del copiloto para ponérselo a ella.

            —No imaginaba que fueses aficionada a las motos —le confesó sonriente mientras le abrochaba el casco debajo del mentón. Era la primera mujer que conocía que mostraba la misma pasión por el motor que él.

            —Mi padre esperaba un chico. Pregúntame lo que quieras sobre motos, ordenadores o videojuegos —contestó con una sonrisa burlona.

            Ryan volvió a reír y se sentó frente a ella.

            —¡Agárrate fuerte, cariño! Estás a punto de comprobar lo que es la verdadera velocidad.

            Puso el motor en marcha y un contundente y cautivador sonido salió de los cuatro silenciadores cortos de salida superior. Aceleró y salieron disparados sobre el asfalto.

            Eve se agarró fuertemente a su cintura y se constriñó contra su espalda sintiendo todo el calor que desprendía su cuerpo. Pudo notar el musculoso abdomen a través de la cazadora y por un momento deseó poder deslizar las manos por su piel desnuda. Con un suspiro, cerró los ojos y disfrutó todo lo que pudo del paseo.

            Para Ryan sentir sus manos alrededor de su cintura y su pecho apoyado contra la espalda era una auténtica tortura, aunque se lamentó profundamente cuando al fin llegaron a su destino. Apagó el motor de mala gana y descansó un pie en el suelo mientras la observaba quitarse el casco.

            —¡Ha sido fantástico! —Eve se alborotó el pelo y se bajó de un salto emocionada. Le devolvió el casco en silencio con una sonrisa radiante.

            Aproximándose hacia su cuerpo la besó con pasión mientras hundía una mano en su pelo y mantenía la otra en su espalda. Eve gimió y se alzó de puntillas para abrazarlo mientras le devolvía el beso sin timidez.

            —Déjame subir, Evelyn —susurró Ryan en su oído.

            Ella se apartó un poco asustada. No es que fuera melindrosa con respecto al sexo, pero tampoco era promiscua. Al observar sus ojos que habían adoptado un color verde oscuro, supo que no iba a dejar que se marchara. Con un suspiro volvió a engancharse a su cuello.

            —Está bien McKinley.

            Ryan sonrió triunfante atenazándola en volandas sin dejar de besarla. Eve se echó a reír y le pasó las llaves para que abriera la puerta de su pequeño apartamento de Queens.

 

 

Eve se echó a reír de nuevo cuando Robert empezó a murmurar al alcanzar la puerta de la cabaña. Estaba cerrada y le resultaba imposible sacar la llave del bolsillo sujetando a su mujer de aquella manera.

Afianzó el peso de Eve con una mano e intentó con la otra alcanzar la dichosa llave, pero no estaba en demasiada buena forma y el esfuerzo de sostenerla le estaba pasando factura.

―¿Necesitas ayuda? ―le preguntó ella, melosa, acariciando el lóbulo de su oreja con los dientes mientras deslizaba una de las manos por su espalda hasta alcanzar su trasero y toquetearlo con picardía antes de introducirla en el bolsillo y coger la llave.

El rostro de Robert se estaba tornando en un tono rojizo nada favorecedor y en cuanto atravesaron el umbral, tropezó cayendo los dos sobre el sofá, despatarrados.

Eve le rodeó el cuerpo con los brazos y escondió el rostro en el hueco de su cuello riendo a carcajadas. Muy a su pesar, Robert se unió a su risa, aunque pronto su hilaridad cambió al notar los dedos de ella moverse en el interior de su camisa. Se apartó un poco para mirarla a la cara y sonrió al ver su expresión risueña. Sus ojos se encontraron y la sonrisa de ella se hizo más amplia mientras le desabrochaba los botones y deshacía la corbata, besando con suavidad la piel que iba dejando al descubierto.

―Me encanta tu sabor ―murmuró mordisqueando uno de sus pezones.

Él suspiró antes de apartarse de ella y se sentó llevándola consigo haciendo que se acomodara a horcajadas sobre su regazo. Le rozó el rostro con el dorso de la mano, retirándole el pelo hacia atrás, hipnotizado por el brillo de su mirada.

El fuego crepitaba tras ella, en la chimenea que Jason había preparado horas antes, provocando que un halo dorado refulgiese a su alrededor. Era tan bella que por un momento se quedó sin respiración, confundido por su buena suerte y agradecido al destino por ponerla en su camino. Tenía el corazón tan henchido de amor y felicidad que no encontraba las palabras adecuadas.

―Te quiero ―dijo con voz queda después de un rato mientras ella se afanaba por desnudarlo con lentitud.

Eve levantó la mirada y le besó con ternura antes de responder del mismo modo. Se levantó y le dio la espalda girando la cabeza para mirarlo por encima del hombro.

―Ayúdame ―le dijo refiriéndose a la hilera de pequeños botones que mantenían el espléndido vestido de novia todavía pegado a su cuerpo.

Su marido hizo lo que le pidió, se puso en pie y desabrochó cada botón tardando una eternidad, deslizando las yemas de los dedos por su espalda conforme ésta quedaba al descubierto.

El vestido cayó a los pies de su esposa, dejándola cubierta solo por la ropa interior de encaje y el liguero. Ella se giró para quedar frente a él y agarró el borde de los pantalones para terminar de desvestirlo y la tensión crecía entre ellos haciéndola casi insoportable.

―¿Quieres… quieres que subamos? ―preguntó él cerrando los ojos de golpe al notar las manos de Eve rodeando su excitación sin pudor.

―Después, tenemos todo el fin de semana ―respondió con la sonrisa de nuevo brillando en su mirada.

―Eve…

―Quiero que me hagas el amor en cada rincón, a cada momento, que no te separes de mí ni un solo segundo. Quiero recordar esta noche el resto de mi vida.

Robert gimió cuando sus calzoncillos siguieron el mismo camino que sus pantalones y no permitió que su mujer se arrodillara frente a él cuando intuyó su propósito. La sujetó de los hombros y la besó con ferocidad, buscando su lengua y recorriendo cada centímetro de su boca. Sus labios sabían a champán y a fresa y merengue, los mordió dejándose llevar por una pasión abrumadora antes de continuar por el contorno de su mandíbula hasta alcanzar el cuello.

Eve echó la cabeza hacia atrás para facilitarle el acceso  y le agarró del pelo mientras él deslizaba los tirantes del sujetador a lo largo de su brazo besando y lamiendo su piel hasta alcanzar la protuberancia de sus senos. Ella gimió cuando se introdujo un pezón en la boca y comenzó a succionar mientras una mano invasora se introducía en el interior de sus bragas y llegaba hasta la humedad entre sus piernas. Jadeó con los labios entreabiertos y los ojos cerrados  al sentir los dedos de Robert penetrándola y acariciándola con pericia, las piernas le flaquearon y ambos cayeron de rodillas sobre la alfombra.

Apenas podían pensar en nada que no fuera entregarse completamente el uno al otro, él se tumbó sobre ella y le sujetó los brazos por encima de la cabeza acariciando el interior de los antebrazos provocándole escalofríos, hasta alcanzar sus manos y entrelazar los dedos con los de ella.

La miró a los ojos y la besó con ternura introduciéndose lentamente en su calor, Eve alzó las caderas acelerando el proceso y él gruñó con la respiración agitada sintiéndose al borde del precipicio.

―Cariño…

―Te quiero ―murmuró ella mirándole a los ojos con los suyos llenos de lágrimas.

―Dios mío, Evelyn.

―Te quiero… ―repitió mientras las embestidas de su marido se hacían más profundas y rápidas.

Sus cuerpos se movían al compás, compenetrados como uno solo, y sus ojos apenas se desviaban de la mirada del otro hasta que alcanzaron el clímax con un estallido liberador que los dejó exhaustos y abotargados.

Robert no estaba seguro de haber gritado, había sido increíble, siempre lo era con ella, pero esa noche era especial. Era su mujer y volvió a sentir esa especie de felicidad incombustible expandirse por su pecho al levantar la cabeza y mirarla.

Sonreía de manera muy íntima, con expresión satisfecha y feliz, y la besó en los labios con delicadeza, orgulloso de haber sido el causante de su dicha.

Ella le apartó el pelo de la frente y pasó las yemas de los dedos por el contorno de mandíbula y nariz antes de besarlo con suavidad y atraerlo hacia ella para hacer que descansara la cabeza sobre su pecho.

Él suspiró antes de agarrar la manta que había caído a su lado desde el sofá y la extendió sobre ambos, sintiendo como el sueño empezaba a adormilarlo.

―Te quiero… Te querré toda mi vida, Evelyn, hasta mi último suspiro…

―Lo sé ―contestó ella entrelazando sus piernas con las de él antes de abandonarse al sueño pensando en el maravilloso futuro que les aguardaba.




Acababa
de verle pasar por delante del escaparate y estaba segura de que lo hacía a
propósito para pavonearse. En el último año había cambiado, había perdido peso,
había cambiado su estilo al vestir y, aunque también se habían acentuado las
entradas de su frente, estaba más atractivo que nunca.
No
tenía ninguna necesidad de pasar reiteradamente por delante de la tienda, de
hecho, de aquella manera tenía que rodear todo el edificio para subir a su
piso. El piso que habían compartido cuando todavía eran una familia antes de
mudarse al edificio de enfrente como propietarios. Después del divorcio ella se
había quedado con los niños en la casa nueva, mientras que él había decidido
realquilar su antigua casa, justo en la esquina contraria. Debía reconocer que
era mucho más cómodo así, ella se encargaba de los niños hasta que él regresaba
de trabajar a las cinco y se los llevaba toda la tarde hasta la hora de cenar.
Tenían la custodia compartida, pero nunca la habían respetado, habían
encontrado su propio sistema y les funcionaba.
Después
de la separación, ella había montado aquel negocio que era toda su vida.
Ensueños. Una tienda por y para mujeres, llena de chucherías antiguas,
bisutería, ropa, complementos, libros y películas. Un sábado cada quince días
se reunían en un club de lectura que había organizado con algunas de sus
clientas y amigas donde reían, charlaban, criticaban a sus ex y comentaban
libros.
Todo
podría ser maravilloso si ella no siguiera enamorada de él.
Al
rato volvió a verlo llevando a los niños, miró el reloj y comprobó que había
ido a recogerlos de las clases extraescolares. El mayor plantó la cara en el
cristal mientras la saludaba con alegría y ella sonrió de manera automática, el
pequeño directamente empujó la puerta y corrió hacia ella.
            ―¡Mamá!
Ella le cogió en brazos
para besuquearle la cara y se sorprendió cuando los demás entraron también.
Dejó al pequeño en el suelo y cruzó los brazos por delante del pecho mirando
fijamente a su ex.
            ―Luego quisiera pasarme para hablar contigo ―le dijo
mirándola con la misma seriedad que mostraba ella.
            ―¿De qué? Dímelo ahora, luego tengo que ducharlos y
preparar algunas cosas para mañana ―le contestó con sequedad.
Le dolía tenerlo tan
cerca, escuchar su voz que la acariciaba como un susurro, mirarlo a los ojos y
perderse en ellos como había hecho millones de veces, y encontrarse con aquella
frialdad, sin saber que él se sentía igual, que mostrarse distante era la única
forma que tenía de no abalanzarse sobre ella y zarandearla para que recobrara
la cordura y le pidiera que volviera a casa.
            ―Es sobre el cumpleaños de Jose.
            ―¿Qué pasa con eso? Lo haremos como siempre, en la
hamburguesería con sus compañeros de clase.
            ―Este año preferiría que…
Se interrumpió cuando varias
mujeres entraron en el local. Reprimió un suspiro y llamó a los niños para
irse. Quiso decir algo más, pero ella ya estaba atendiendo a sus clientes.
Salió dejando que la puerta se cerrara tras él.
            Hacía un año que no se encontraba frente a la puerta de
su propia casa y no sabía qué sentía al respecto. Rabia, decepción y sobre todo
un profundo dolor en el centro de su pecho que no se aliviaba. Por regla
general, cuando no tenía que recoger a los niños de sus clases, llamaba al
porterillo del edificio de su mujer y ellos bajaban solos. Se evitaban todo lo que
podían y cuando tenían que hablar de algo referente a sus hijos siempre era
mediante mensajes. Por eso pasaba cada día delante del escaparate, para verla
aunque solo fuera un segundo en la lejanía. La echaba de menos, muchísimo, pero
el orgullo no le dejaba reconocer que se había equivocado. Se habían dicho
cosas terribles cuando él se marchó, pero a pesar de eso había esperado que
ella cediera, como ocurría siempre que discutían. Y así llevaba un año, sin
poder olvidar las últimas palabras que le dijo, rota por el llanto y la
decepción.
            No pudo evitar una sonrisa al ver su cara de sorpresa
cuando abrió la puerta y se lo encontró. Los niños pasaron corriendo al
interior de la vivienda entre gritos mientras se quitaban los zapatos y los
chaquetones y lo dejaban todo tirado en el suelo.
            ―¿Qué haces aquí?
            ―Te dije que quería comentar contigo el tema del
cumpleaños.
Ella abrió la boca sin
decir nada y él aprovechó el momento para entrar. Se quitó los zapatos y los
colocó en el interior del mueble zapatero, como era su costumbre. Había pensado
en quedarse en calcetines, pero sorprendido, vio que sus zapatillas de casa
seguían en el mismo sitio. La miró de reojo antes de colocárselas y sintió un
nudo en la garganta al ver como ella cerraba de un portazo y entraba en la
cocina con los ojos llorosos. La siguió para observarla apoyado en el marco de
la puerta, se había cambiado de ropa y ahora llevaba unos cómodos leggins y una
camiseta roja con un escote enorme que le mostró gran parte de su piel cuando
se agachó para coger una sartén del mueble.
            Estaba preciosa, sin maquillaje, con el pelo recogido con
un pasador de cualquier manera. Siempre lo había llevado corto, pero ahora
lucía una larga melena rizada en la que deseaba esconder su rostro. Sintió como
crecía su excitación y se removió incómodo. No había vuelto a estar con ninguna
otra mujer, la sola idea le provocaba repulsa y estaba casi seguro de que ella
tampoco había estado con nadie más. Su madre se lo habría dicho, ya que la
relación entre ambas se había estrechado más si cabía a raíz de la separación.
            ―¡Jose! ¡Tobi! ¡Quitaos la ropa y a la ducha! ―gritó
mientras sacaba distintos ingredientes del frigorífico. ―Di lo que tengas que
decir y vete. Tengo muchas cosas que hacer.
            Te echo de menos.
            ―A mi madre le gustaría que este año celebráramos el
cumpleaños del niño en su casa.
            ―¿Y por qué no me lo ha dicho ella? Él quiere hacerlo con
sus amigos.
            ―No lo sé, no me ha explicado sus motivos. Ha dicho no sé
qué de una tarta de fondant o algo así.
            Ella lo miró exasperada moviéndose por la cocina con
nerviosismo.
            ―Que haga lo que quiera, no veo por qué no se pueden
hacer las dos cosas. ¡Jose, no oigo el agua!
            Ambos se volvieron cuando escucharon al mayor de sus
hijos acercarse corriendo vestido tan solo con sus calzoncillos.
            ―¿Puede ducharme papá? ―preguntó mientras lo agarraba de
la mano y tironeaba de él hacia el cuarto de baño.
            ―Claro ―contestó su padre sonriendo.
            ―Papi, ¿te vas a quedar con nosotros otra vez?
Él no contestó, la miró
a los ojos buscando una respuesta en su mirada, pero no la encontró. Ella no le
miraba, estaba concentrada en batir un par de huevos con excesiva energía.
            ―Vamos, anda, que te va a dar frío ―dijo con voz monótona
sin dejar entrever su desilusión.
            Cuando desapareció de su vista, ella dejó el tenedor y se
sentó en una de las sillas situadas alrededor de la mesa, sintiendo que sus
rodillas flaqueaban. No iba a llorar, no le daría la satisfacción de mostrarle
que todavía le dolía, no le regalaría más armas para hacerla sufrir.
Tenerlo
otra vez en casa, duchando a los niños, observándola mientras hacía la cena,
estaba haciendo estragos en su autocontrol. Era capaz de pedirle, no, de
suplicarle, que volviera, que la tocara, que la besara hasta hacerle olvidar
que existía un mundo más allá de ellos, que volviera a acunarla entre sus
brazos, a acariciarle el rostro con su aliento y que la llevara más allá de los
límites del placer como sólo él podía hacerlo.
Sintió
la primera lágrima resbalar por su mejilla hasta la comisura de la boca y,
horrorizada porque él la viera, se la secó de inmediato. Él no la quería, nunca
la había respetado ni apoyado. Estaba muy cansada, decepcionada, dolida, de
llevar todo el peso sobre sus hombros, de ser siempre la culpable, de esperar
un gesto que nunca llegaba y después de todos los problemas, de todas las cosas
que habían superado juntos, jamás le perdonaría su orgullo. Nunca más volvería
a ser esa mujer complaciente y con la cabeza gacha que temía no decir una
palabra más alta que otra para que no la abandonaran.
Iba
a rehacerse, sin él, aunque se dejara el corazón y el alma por el camino.
Los
escuchó reír a los tres desde el otro lado del pasillo y se levantó para
concentrarse en la cena. Diez minutos más de tortura y él se marcharía.
Se
equivocó. No sólo se quedó a cenar, sino que también acostó a los niños por
insistencia de éstos. Durante una hora volvieron a ser la familia que habían
sido y fue la peor hora que había vivido en el último año.
Fran
cerró la puerta del dormitorio de los pequeños y se metió las manos en los
bolsillos del pantalón, andando con lentitud hacia el salón. Nunca había pedido
perdón, no sabía cómo hacerlo, le daba una vergüenza horrorosa rebajarse de esa
manera, pero cuando la vio dormida en el sofá, supo que haría cualquier cosa
para recuperarla, aunque tuviera que arrodillarse y suplicar.
Sonrió
al escuchar su suave ronquido mientras se acercaba a ella. Tenía la boca
entreabierta y el pelo extendido sobre el brazo del sofá, los brazos
entrelazados sobre el pecho, que subía y bajaba al ritmo de su respiración y el
escote de la camiseta caído sobre su hombro, mostrando el nacimiento de su
pecho. Con los ojos velados de pasión por ella se inclinó para rozar sus labios
con los suyos y un chispazo le sobrecogió provocando que cerrara los ojos. Ella
suspiró y levantó un brazo para atraerlo hacia sí provocando que el beso se
volviera exigente y apasionado. Él dejó escapar un quejido mientras se tumbaba
sobre ella, cegado por el deseo que había reprimido demasiado tiempo.
―Fran…
―Estoy
aquí, no dejes que me vaya, por favor…
Ella
se despertó por completo cuando sintió una mano invasora dentro de su ropa
interior y le dio un empujón para apartarle, sobresaltada.
―Andrea…
―¿Qué
estás haciendo?
―Yo…
Las
palabras se le atascaron en la garganta mientras ella lo miraba como lo había
hecho antes, con esperanza, con miedo, con amor. Pero enseguida su expresión
cambió a una de profundo dolor cuando él no dijo las palabras que tanto había
ansiado escuchar.
―No
me hagas esto. Por favor, vete. Vete ―le pidió con la voz entrecortada mientras
se ponía de pie alejándose todo lo posible de él.
―Andrea,
por favor…
―¡Vete!
Él
cogió su chaquetón y salió sin decir nada más dejándola completamente
destrozada y más sola que nunca.
Jugueteaba
con la cucharilla del café mientras miraba hacia la calle absorta, rememorando
una y otra vez lo ocurrido la noche anterior. No había querido quedarse
dormida, pero el cansancio había podido más que su fuerza de voluntad y había
soñado con él, por eso no le había extrañado en un principio sentir aquellos
besos que siempre la hacían estremecer. Después de que se marchara no había
conseguido conciliar el sueño y se había pasado el resto de la noche llorando
como una idiota, por eso hizo una mueca cuando vio a su amiga Eva atravesar el
umbral. Estaba segura de que no tardaría en comentar algo sobre el aspecto que
mostraba esa mañana. Había intentado disimular las ojeras con un poco de
maquillaje, pero ni toda la chapa y pintura del mundo podían hacer desaparecer
el sufrimiento de su mirada.
―¡Jesús!
¿Te ha atropellado un autobús esta mañana? Tienes una cara espantosa ―exclamó
nada más acercarse hasta el sillón donde intentaba tomarse un café.
Esa mañana no había
mucho trabajo y se había sentado a descansar en el rincón de lectura que había
dispuesto en un espacio de la tienda.
―Gracias
―respondió haciendo una mueca.
―¿Qué
pasa? ―le preguntó arrodillándose a su lado con preocupación. Ella había sido
testigo directo de todo el proceso de separación de Andrea y Fran y era
consciente de que la depresión que había sufrido no había desaparecido del
todo. ―¿Fran?
―Anoche
estuvo en casa, cenando, acostando a los niños… como si nunca se hubiera ido. Y
me besó y creí que todo iba a volver a ser como antes, pero no. Tengo que
hacerme a la idea de una vez que nunca recuperaremos lo que teníamos.
―¡Ya
es hora de seguir con tu vida! ¡Por eso he venido! ―dijo con una enorme sonrisa
haciendo que Andrea la mirara llena de pánico.
―¿Qué
has hecho?
―¡Buscarte
una cita! El sábado por la noche, en el restaurante del Hotel Santa Paula.
―¡No!
No, no y no. ¡No voy a quedar con otro hombre! ¿Te has vuelto loca?
Se levantó tan deprisa
que derramó parte del café sobre su blusa.
            ―Debes ir. Es un hombre estupendo que está deseando conocerte.
No tiene por qué pasar nada más a parte de una cena, si no te gusta no tienes
que volver a quedar con él. Necesitas hacer esto, necesitas demostrarte a ti
misma que la vida sigue, que hay un millón de hombres ahí fuera esperando a
conocer a una mujer tan especial como tú. No puedes encerrarte a la vida.
            ―Pero Eva…
            ―No tienes que enamorarte el sábado, ¿vale? Te vendrá
bien salir sola, deja a los niños con tu suegra, no le importará, y diviértete.
¡Lo necesitas!
            ―No puedo…, no voy a poder, me muero de la vergüenza.
            ―Ponte guapísima y espectacular, ¿me lo prometes?
Andrea atinó a asentir
con la cabeza pensando que ella estaba más loca que su amiga, si es que eso era
posible.
            Se había puesto un vestido. Hacía años que no lo hacía,
pero Eva no había dejado de insistir en que se arreglara y pensó que el vestido
era muy elegante. De color gris oscuro le llegaba por encima de las rodillas,
con escote en barco y un fino cinturón rojo como adorno. Era muy sencillo pero
resaltaba su reciente figura de reloj de arena con veinte kilos menos y hacía
que se sintiera atractiva.
            Había dejado a los niños con su abuela un rato antes, que
la había besado en la mejilla y deseado suerte antes de irse. Seguramente no
tardaría en llamar a su hijo para contárselo, pero ya le daba igual. Iba a
seguir con su vida sí o sí.
            Se bajó del taxi intentando aparentar una seguridad que
no tenía. Hacía una eternidad que no tenía una cita, había estado con su marido
más de quince años y nunca le había interesado ningún otro después de
conocerlo. Fran había sido su primer y único amor, pero eso terminó y debía
dejar de pensar en él de inmediato, no sería de buen gusto pensar en su ex
marido mientras intentaba conocer a otro hombre.
            Eva le había dicho que él la esperaría en el restaurante
del hotel. Otra broma del destino. En ese mismo lugar había celebrado su primer
aniversario de boda.
            Las mesas estaban repletas pero no se escuchaban sonidos
estridentes ni alboroto. El murmullo de las conversaciones era agradable y la
suave música de fondo ayudaba a propiciar el ambiente romántico, junto a las
velas y las rosas que adornaban las mesas.
            ―¿Puedo ayudarla?
Andrea miró al maître
un poco avergonzada antes de negar con la cabeza.
            ―Estoy esperando a alguien.
El hombre se alejó diciéndole
que no dudara en pedirle ayuda si necesitaba algo y entonces lo vio. Abrió los
ojos como platos al reconocerlo, se había puesto de pie dejando a la vista todo
su atractivo. Se había puesto un traje negro con corbata que le sentaba como un
guante y se había afeitado a conciencia, y en las manos llevaba un gigantesco
ramo de margaritas blancas. Nunca, en todos los años que estuvieron juntos le
regaló flores, ni siquiera cuando dio a luz. Los ojos se le llenaron de
lágrimas y empezó a parpadear para alejarlas, no iba a empezar a llorar y a que
se le corriera la máscara de pestañas delante de todo el restaurante.
            Dio un paso vacilante hacia él, y otro, y otro más hasta
que estuvo a su lado y pudo mirarlo a los ojos. Entonces él sonrió y las
lágrimas comenzaron a fluir sin remedio.
            ―Estás preciosa ―susurró posando la mano en su cintura
para acercarla a él y besarla con suavidad en los labios.
            ―¿Qué es esto, Fran? ―preguntó con voz
temblorosa, notando como la esperanza se abría camino en su corazón.
            ―Te quiero, Andy. Eres la mujer de mi vida, la única que
me conoce de verdad, la que siempre ha estado a mi lado en los buenos y en los
malos momentos, y de estos últimos ha habido unos cuantos, eres mi apoyo, la
que me da fuerzas cuando la mía se agota, eres mi paz, mi luz, mi amor, y no
quiero estar separado de ti ni un solo segundo más durante el resto de mi vida.
He sido un gilipollas y sé que te he hecho daño, pero prometo que te compensaré
y no dejaré de decirte lo mucho que te quiero, hasta el último día de mi vida.
Cariño, por favor, cásate conmigo otra vez.
            Con manos temblorosas sacó un pequeño estuche del
bolsillo del pantalón y se lo ofreció en silencio, lleno de angustia esperando
su respuesta. Pero ella no podía hablar, ni apartar la mirada del anillo. La
primera vez no hubo anillo, ni siquiera le pidió matrimonio, fue algo que
surgió como algo natural, pero esta vez todo estaba ocurriendo como lo había
soñado.
            ―¿Andy?
Ella le miró a los ojos
y le pasó los brazos por el cuello para besarlo mientras él la abrazaba fuerte
contra sí sin que le importara que la gente empezara a mirarlos entre risitas.
Estaban juntos de nuevo, era lo único que importaba.
            ―No vuelvas a irte jamás.
            ―Jamás ―le aseguró mientras la apartaba para mirarla a
los ojos y que ella pudiera ver un mundo lleno de promesas en los suyos.

(2) Comentarios

  1. He leído "Seguir respirando" y se me ha acelerado el corazón. Buena señal.

    1. Hola, Javier! Muchas gracias por pasarte! Escribo novela romántica, pero me apetecía probar algo diferente. Me alegra mucho saber que te ha gustado. Un abrazo!

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